Si no digo lo que pienso
¿de qué me sirve ser loco?
Calderón de la Barca

Soporto mal a los imbéciles y ellos se lo toman como algo personal.
Sam Peckinpah

Y consideremos la naturaleza de los estímulos en juego. Las estaciones locales de noticias a menudo son criticadas por seguir la siguiente norma no escrita de índice de audiencia: "Si hay sangre, lidera".
Melinda Davis

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Maledicencia - de Os Travesseiros

CAPÍTULO VIII
PARTE PRIMERA

Manía persecutoria I
por Bertrand Russell

En sus manifestaciones más extremas, la manía persecutoria es una forma clasificada de locura. Hay quienes se imaginan que alguien los quiere matar, o meter en la cárcel, o hacerles algún daño grave. Con frecuencia el afán de protegerse contra perseguidores imaginarios les lleva a actos de violencia que obliga a limitar su libertad. Como muchas otras formas de demencia, no es más que la exageración de una tendencia no muy rara entre personas que pasan por normales. No me propongo analizar las formas externas, porque ello corresponde a la psiquiatría. De lo que quiero hablar es de sus formas mitigadas, porque con mucha frecuencia son un motivo de desgracia, y porque, no llegando a producir la locura, el enfermo puede afrontarlas siempre que diagnostique bien su perturbación y se convenza de que su origen está dentro de sí mismo y no es la supuesta malevolencia u hostilidad de los demás.
Es muy corriente un cierto tipo de personas que, según ellos, son víctimas constantes de la malevolencia o la traición. Muchos de ellos son agradables y despiertan profunda simpatía entre quienes no les conocen muy a fondo. No suelen ser inverosímiles los incidentes aislados que nos cuentan. Los malos tratos de los que se quejan suelen a veces ser reales. Lo que acaba por despertar sospechas al oírles, es la multiplicidad de malas personas que han tenido la desgracia de tratar. Según la ley de las probabilidades, las distintas personas que hagan una vida social determinada tienen análogas posibilidades de recibir decepciones entre sus conocidos. Si una persona de una cierta clase recibe, según él, desconsideraciones generales, lo más probable es que la culpa sea suya, y que, o imagina agravios que no ha recibido, o se conduce inconscientemente de manera que produce una irritación irreprimible. La gente experimentada, por lo tanto, desconfía de los que, según ellos, no reciben más que desdenes en la vida, y al no simpatizar con ellos, confirman a esos desgraciados en su impresión de que todo el mundo está contra ellos. Es una perturbación de difícil tratamiento, pues se agudiza tanto por la simpatía como por la antipatía. La persona predispuesta a la manía persecutoria, cuando nota que se cree un relato de su mala suerte, lo embellecerá hasta traspasar las fronteras de lo creíble, y si, por otra parte, advierte que no es creído, ya tiene otro ejemplo de la peculiar insensibilidad humana para contra él. La enfermedad hay que afrontarla por la comprensión, y esta comprensión hay que transmitirla al paciente para que tenga éxito. Me propongo en este capítulo seguir algunas reflexiones generales para que todos puedan descubrir en sí mismos los elementos de la manía persecutoria (de la cual casi todo el mundo padece en mayor o menor grado), y una vez descubiertos, pueda eliminarlos. Esta es una parte importante de la conquista de la felicidad pues es absolutamente imposible ser feliz creyendo que todo el mundo nos trata mal.
Una de las formas más universales de irracionalidad es la actitud que adopta casi todo el mundo ante una conversación maliciosa. Pocas personas pueden resistir frases intencionadas acerca de sus relaciones o acerca de sus amigos, y cuando lo que se dice es contra ellos mismos, se indignará fieramente. Parece que no se les ha ocurrido nunca que, así como ellos murmuran de todo el mundo, todo el mundo murmura de ellos. Ésta es una forma suave de la actitud que, exagerada, conduce a la manía persecutoria. Nosotros aspiramos a que todo el mundo nos profese el cariño afectuoso y el respeto profundo que sentimos hacia nuestra propia persona. No se nos ocurre que no podemos esperar de los otros más de lo que pensamos de ellos, y la razón está en que nuestros propios méritos son grandes y manifiestos, mientras que los de los demás, si existen, sólo son visibles para quien los mire con buenos ojos. Cuando nos enteramos de que fulano ha dicho algo horrible acerca de nosotros, nos acordamos de las noventa y nueve veces que nos hemos abstenido de hacer crítica justa y merecida de él, y nos olvidamos de la vez en que en un momento de incontención declaramos la verdad de nuestro pensamiento acerca de su persona. Y nos decimos: ¿Es este el premio a nuestra indulgencia? Sin embargo, desde este punto de vista, es exactamente la misma que la suya nos parece; tampoco él sabe nada de las veces que nos callamos; él se ha enterado únicamente de la única vez que hablamos. Si por arte de magia pudiéramos enterarnos de los pensamientos ajenos, me parece que la primera consecuencia sería la disolución de casi todas nuestras amistades; el segundo efecto, sin embargo, sería excelente, pues como un mundo sin amigos sería intolerable, nos acostumbraríamos a estimarnos los unos a los otros, sin necesidad del velo de la ilusión que nos oculta el hecho de que nos creamos los unos o los otros absolutamente perfectos. Sabemos muy bien que nuestro amigos tienen sus defectos, pero en definitiva son gente agradable que nos gusta. Sin embargo, nos parece intolerable que ellos tengan la misma impresión respecto a nosotros. Queremos que piensen que, a diferencia del resto de los mortales, no tenemos defectos. Cuando nos vemos obligados a admitir que también nosotros los tenemos, tomamos demasiado en serio este hecho evidente. No hay razón para que nadie se crea perfecto ni para molestarse demasiado por el hecho de no serlo.
La manía persecutoria tiene siempre sus raíces en un concepto demasiado exagerado de los propios méritos. Supongamos que yo soy un escritor dramático; para toda persona imparcial debe ser evidente que yo soy el mejor autor dramático de la época. Sin embargo, por cualquier razón mis obras se representan muy poco, y cuando se representan no tienen éxito. ¿Cómo se explica cosa tan extraña? Es indudable que empresarios, críticos y actores se han conjurado contra mí por uno u otro motivo. Claro que en gran parte tengo yo la culpa: no he querido cultivar a la gente influyente del teatro, no he adulado a los críticos, mis obras encierran verdades insoportables para los que se sienten aludidos. Y, es natural, nadie quiere reconocer mi mérito extraordinario.
Existe también el inventor que no ha podido conseguir que alguien estudie las ventajas de su invento; a los fabricantes rutinarios no les interesa ninguna innovación, y los pocos que son progresistas pagan a inventores propios que consiguen impedir el paso del genio sin autorización; las empresas de primera línea, por muy extraño que parezca, pierden sus manuscritos o los devuelven sin leerlos; las personas a quienes se dirige se encierran en un mutismo extraño.
Hay el tipo de hombre que ha recibido un agravio real fundado en un hecho positivo, pero que generaliza a la luz de su experiencia y llega a la conclusión de que en su infortunio se encierra la clave del universo: descubre, por ejemplo, algún escándalo en la policía secreta, que el gobierno tiene interés en ocultar. Apenas puede conseguir que se haga público su descubrimiento, y los hombres aparentemente más inteligentes no quieren mover un dedo para remediar el daño que a él le llena de indignación. Los hechos son como él los cuenta. Pero los desaires le han hecho tanta impresión, que cree que todas las personas importantes están ocupadas única y exclusivamente en ocultar los crímenes a los cuales deben su posición. Algunos de estos casos son particularmente obstinados, por la verdad parcial de su apreciación; lo que han vivido personalmente les ha hecho, como es natural, más impresión que muchas otras cuestiones en las que no han tenido una experiencia directa. Ello les da un sentido equivocado de la proporción y hacen que concedan demasiada importancia a hechos que son más bien excepcionales que típicos.

De LA CONQUISTA DE LA FELICIDAD