Dice Barthes: "Texto de placer: el que contenta, colma, da euforia; proviene de la cultura, no rompe con ella y está ligado a una práctica confortable de la lectura.
Texto de goce: el que pone en estado de pérdida, desacomoda (tal vez incluso hasta una forma de aburrimiento), hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, la congruencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, pone en crisis su relación con el lenguaje.
Roland Barthes - En 'El placer del texto y Lección inaugural' - Siglo XXI México, 1973

Dice esta genista, que una narración le gusta cuando:

1. Las descripciones y los momentos narrativos se suceden o se funden de forma equilibrada en cuanto a la cantidad e intensidad del texto; y con la condición de que sea escandalosamente sorprendente la forma en que la descripción se coloque al servicio de la trama y de mi placer.

2. Me gusta que la descripción no opaque el hilo, y que el hilo se haga aún más intenso y vibrante gracias a la descripción. Quiero una panóptica sensible y humana del momento, no una instantánea digital de 360º. La equidistancia es una buena virtud para un clérigo y para un juez; la discreción, para un vecino. Un escritor no puede ser, para mi gusto, ni equidistante ni discreto.

3. ¿Si el narrador no se apasiona por la historia, si no se deja rozar por ella, por qué habría de apasionarse el lector? Total, que en las descripciones el autor ha de fluir como en las narraciones, se ha de notar que ni en una ni en la otra se contiene, ha de ser entrometido y sensible, y debe huir de quedar bien con dios y con el diablo.

4. El narrador debe mover los hilos de las acciones -cosa que sólo podrá hacer con palabras!!!!!- ha de poner pasión al captar y transmitir un momento en el que todo sucede. Ha de saber lo que deja fuera del cuadro y aquello que no puede faltar porque subyuga. Ha de ser más titiritero y brujo que réflex distante. Ha de entrar en las cabezas de los personajes, en su piel, en sus pasiones, sus odios, sus miserias, en sus emociones, en su sentir. Se ha de dejar tocar por todo eso y me lo tiene que contar, para que lo sienta con él, o aún más. Les ha de querer, u odiar. Ha de huir del sepia carcomido.

5. No le quiero elegante si eso le hace lejano, lo profiero mosca.

Deseosa de aventuras y de un magnífico narrador, huí en busca de Joseph Conrad, tengo un par de buenas razones: hay luna llena y llegó el solsticio de verano.

Genista, caprichosa y lunática lectora

La posada de las dos brujas
de Joseph Conrad
Fragmento

No le preocupaba la misión que tenía que cumplir, que suponía un viaje de un día por las montañas. Por cierto que había un día entero de marcha antes de llegar al sendero de la montaña, pero eso no era nada para un hombre que había atravesado la isla de Cuba andando y sin saber más que cuatro palabras del idioma.

El oficial y el marinero caminaban ahora sobre un húmedo lecho de hojas muertas, que los campesinos amontonaban en las calles de su aldea para que se pudrieran durante el invierno y utilizarlas como abono en el campo. Al volver la cabeza el señor Byrne se dio cuenta que toda la población masculina de la aldea les seguía sin ruido sobre la esponjosa alfombra. Las mujeres miraban desde las puertas de las casas y los niños parecían haberse escondido todos. Los aldeanos conocían el barco porque lo habían visto desde lejos, pero ningún extranjero había desembarcado en ese lugar tal vez en cien años, o más. El tricornio del señor Byrne y la espesa barba y la enorme trenza del marinero les llenaban de estupor. Apretaban el paso tras los dos ingleses, mirando de hito en hito como esos indígenas que el capitán Cook descubrió en los mares del Sur.

Entonces vio Byrne por primera vez a un hombrecillo con capa y tocado con un sombrero amarillo que, a pesar de estar descolorido y usado, bastaba para llamar la atención.

La puerta de entrada de la taberna parecía un tosco agujero en una pared de pedernal. El dueño era la única persona que no estaba en la calle, ya que vino desde el oscuro fondo de la taberna donde se distinguían vagamente las hinchadas formas de los pellejos colgados. Era un asturiano alto y tuerto, de mejillas hundidas y mal afeitadas; su grave aspecto contrastaba de modo extraño con la incesante movilidad de su único ojo. Al saber que se trataba de indicar a aquel marinero inglés el camino para que se encontrara con un tal González en las montañas, cerró su ojo sano por un momento como si estuviera meditando. Luego lo abrió, moviéndolo rápidamente de nuevo.

—Es posible, es posible. Puede hacerse.

Un murmullo de simpatía surgió entre la gente que estaba en la puerta al escuchar el nombre de González, el jefe local de la lucha contra los franceses. Después de cerciorarse del grado de seguridad en la carretera, Byrne quedó encantado de saber que desde hacía meses no se veía por aquellos parajes a ningún soldado francés. Ni siquiera el más insignificante destacamento de aquellos impíos polizones. Al tiempo que daba sus informes, el tabernero sacó vino de un cántaro de barro que colocó ante el hierético inglés, guardando en su bolsillo, con cierta gravedad distraída, la pequeña moneda que el oficial había dejado sobre la mesa, como reconociendo la ley no escrita según la cual nadie puede entrar en una taberna sin tomar algo. Su único ojo se movía continuamente, como si intentara hacer el trabajo de los dos; pero cuando Byrne preguntó si podían alquilar una mula, miró fijamente hacia la puerta donde se apiñaban los curiosos. Frente a ellos, justamente en el umbral, estaba plantado el hombrecillo de gran capa y el sombrero amarillo. Era una persona distinta, un verdadero homúnculo, dice Byrne; en actitud ridículamente misteriosa, pero a la vez confiada, con un extremo de su capa airosamente sobre el hombro izquierdo, tapándole barbilla y boca, a la vez que el sombrero amarillo de ala ancha colgaba de una parte de su cabeza cuadrada. Estaba allí tomando rapé sin parar.

—Una mula —repitió el tabernero, con sus ojos fijos en aquella figura curiosa y atiborrada de rapé—. ¡No, señor oficial! No hay manera de conseguir una mula en este lugar tan pobre.

El patrón del bote, que en medio de aquella curiosa concurrencia tenía un aspecto de absoluta indiferencia, dijo tranquilamente.

—Si el honorable oficial quiere hacerme caso, mis dos piernas servirán mejor para este trabajo. De todas maneras tendría que dejar la bestia en cualquier parte, puesto que el capitán me ha dicho que la mitad del camino tendré que hacerlo por senderos donde únicamente pueden andar las cabras.

El hombre diminuto dio un paso adelante y habló a través de los pliegues de la capa que parecían disimular una intención sarcástica.

—Sí, señor. La gente de esta aldea es demasiado honrada como para tener una sola mula que le sirva a usted. Lo juro. En estos tiempos, solamente los bandidos y la gente astuta disponen de mulos u otros animales de cuatro patas y de medios para mantenerlos. Pero lo que necesita ese valiente marinero es un guía; y aquí, señor, está mi cuñado Bernardino, tabernero y alcalde de esta hospitalaria y muy cristiana aldea, que le encontrará uno.

Eso, según dice el señor Byrne en su relato, era lo único que podían hacer. Después de intercambiar unas cuantas palabras más apareció un joven con un abrigo harapiento y pantalones de piel de cabra. El oficial inglés pagó vino para toda la aldea y mientras los campesinos bebían, él y Cuba Tom partieron acompañados del guía. El hombrecillo de la capa había desaparecido. Byrne acompañó al patrón del bote más allá de la aldea. Quería verlo en camino; y les hubiera acompañado más lejos si el marinero no le hubiera advertido respetuosamente que era mejor que volviera para que la corbeta no tuviera que permanecer más tiempo del necesario cerca de la costa en una mañana tan poco apacible. Sobre sus cabezas se veía un cielo sombrío y borrascoso cuando se separaron y un triste paisaje de matorrales incultos y campos pedregosos les rodeaba.

—Dentro de cuatro días —fueron las últimas palabras de Byrne—, el barco se acercará y enviará un bote, si el tiempo lo permite. Si no es posible, arrégleselas como pueda en tierra y espere a que le vengan a buscar.

—Muy bien, señor —contestó Tom, alejándose a grandes zancadas.

Byrne le vio tomar un estrecho sendero. Con su recia guerrera, sus dos pistolas al cinto, un machete a un lado y un buen garrote en la mano tenía aspecto de fortaleza y de ser muy capaz de cuidar de sí mismo. Se volvió un momento para hacer un saludo con la mano, mostrando a Byrne una vez más su honesta y bronceada cara de tupidas patillas. El muchacho de pantalones de piel de cabra, que parecía, según Byrne, un fauno o un pequeño sátiro, dando brincos, se detuvo para esperarlo y luego partió con un salto. Los dos desaparecieron.

Byrne volvió hacia atrás. La aldea se escondía en un repliegue del terreno, y el lugar parecía el rincón más solitario de la tierra, maldito en su deshabitada y desolada esterilidad. No había andado ni cien yardas cuando apareció repentinamente detrás del arbusto el hombrecillo español embozado. Naturalmente, Byrne se paró en seco.

El otro hizo un gesto misterioso con una diminuta mano que extrajo de debajo de su capa. Tenía el sombrero muy ladeado.

—Señor —dijo sin más preliminares—. ¡Cuidado! Todos sabemos que Bernardino el tuerto, mi cuñado, tiene un mulo en este momento en su establo. ¿Y por qué él, que no es astuto, tiene un mulo en su establo? Porque es un bandido; un hombre sin conciencia. Tuve que darle el macho para conseguir un techo bajo el que guarecerme y un poco de olla para que el alma no se me escapara de este insignificante cuerpo. Pero, señor, este cuerpo tiene dentro un corazón mucho mayor que esa cosa miserable que late en el pecho del bruto de mi pariente, del cual me avergüenzo, aunque me opuse a su matrimonio con todas mis fuerzas. Cuánto sufrió aquella malaconsejada mujer. Tuvo su purgatorio aquí en la tierra. Que Dios le haya perdonado.

Byrne dice que se quedó tan asombrado por la súbita aparición de aquel ser con apariencia de duende y por la sardónica amargura de sus palabras, que fue incapaz de captar lo que de significativo había en esa supuesta historia familiar que le contaba sin motivo ni razón. Al principio no entendió nada. Quedó confundido y al mismo tiempo impresionado por la manera rápida y enérgica con que hablaba, tan diferente de la locuacidad frívola y animada de los italianos. Se quedó mirando al homúnculo, que dejando caer su capa aspiró una inmensa cantidad de rapé que tenía en la palma de la mano.

—Un mulo —exclamó Byrne, entendiendo por fin el aspecto importante del discurso—. ¿Dice que tiene un mulo? ¡Qué extraño! ¿Por qué no quiso dejármelo?

El diminuto español se embozó otra vez con una gran dignidad.

—Quién sabe —dijo fríamente, encogiendo los hombros—. Es muy político en todo lo que hace. Pero de una cosa puede estar seguro su señoría: sus intenciones son siempre las de un bribón. Este marido de mi difunta hermana debería haberse casado hace tiempo con la viuda de las piernas de palo.[1]

—Ya lo veo. Pero le recuerdo que, fueran cuales fueran sus motivos, su señoría le permitió mentir.

Dos ojos brillantes e infelices situados a cada lado de una nariz de rapaz, miraron a Byrne sin pestañear, mientras decía con esa irascibilidad que se encuentra con tanta frecuencia en el fondo de la dignidad española:

—Sin duda el señor oficial no perdería ni una onza de su sangre si a mí me dan un golpe bajo la quinta costilla. Pero ¿qué sería de este pobre pecador? —Luego, cambiando de tono—: Señor, las necesidades de estos tiempos me han obligado a vivir aquí exiliado a mí, que soy castellano y cristiano viejo, a vegetar entre estos brutos de asturianos y a depender del peor de ellos, que tiene menos conciencia y escrúpulos que un lobo. Y como soy un hombre inteligente, me conduzco con arreglo a lo que soy. Pero a duras penas puedo disimular mi desprecio. Usted oyó la forma en que hablé. Un caballero como su señoría debió de comprender que ahí había gato encerrado.

—¿Qué gato? —dijo molesto Byrne—. ¡Ah, ya entiendo! Algo sospechoso. No, señor. No adiviné nada. En mi país no sabemos adivinar esas cosas; y por esta razón le pregunto llanamente: ¿ha dicho el tabernero la verdad respecto a otros asuntos?

—Ciertamente no hay franceses en estos lugares —dijo el hombrecillo adoptando de nuevo su actitud indiferente.

—¿Ni ladrones?

—Ladrones en grande, no, desde luego que no —contestó en tono fríamente sentencioso—. ¿Qué les puede quedar después de haber pasado por aquí los franceses? Ya en estos tiempos no viaja nadie. ¡Pero quién sabe! La ocasión hace al ladrón. Además, su marinero tiene un aspecto feroz y las ratas no quieren jugar con el hijo del gato. Pero también hay que decir que adonde hay miel en seguida acuden las moscas.

Estas frases sibilinas exasperaron a Byrne.

—En nombre de Dios —gritó—, dígame usted llanamente si mi marinero está seguro en su viaje.

El homúnculo, sufriendo una de sus rápidas transformaciones, agarró al oficial por el brazo. La fuerza del apretón de su pequeña mano era asombrosa.

—¡Señor! Bernardino se ha fijado en él. ¿Qué más quiere usted? Y escúcheme: ha habido hombres que han desaparecido en esa carretera, en la parte del camino donde Bernardino tenía un mesón, una posada, y yo, su cuñado, tenía carruajes y mulas de alquiler. Ya no hay viajeros ni carruajes. Los franceses me han arruinado. Bernardino se ha retirado aquí por razones particulares tras la muerte de mi hermana. Eran tres para atormentarla hasta que se murió, él, Herminia y Lucila, sus dos tías, todos compañeros del diablo. Y ahora me ha robado mi último mulo. Usted es un hombre armado. Póngale una pistola en la cabeza a Bernardino y exíjale el macho, señor: no es suyo como le ha dicho, y corra tras su marinero si quiere salvarlo. Y después los dos estarán seguros porque no se ha dado el caso de que dos viajeros desaparezcan juntos en estos días. En cuanto al animal, yo, su dueño, lo confío a su honor.

Se miraron ambos cara a cara y Byrne estuvo a punto de romper en carcajadas al ver la ingenuidad y transparencia de la trama que había urdido el hombrecillo para recuperar su mula. Pero no le fue difícil mantenerse serio porque sintió en su interior una extraña inclinación a hacer lo que le decía. No se rió, pero sus labios temblaron; con lo cual el diminuto español, desviando sus fulgurantes ojos negros del rostro de Byrne, se volvió con un gesto brusco, envolviéndose en la capa de un modo que parecía expresar a la vez desprecio, amargura y desaliento. Se volvió, pero permaneció quieto, con el sombrero ladeado, embozado hasta las orejas. Aunque no estaba tan ofendido como para rechazar el duro de plata que le ofreció Byrne, junto con un discurso poco comprometedor, como si nada fuera de lo normal hubiera pasado entre ellos.

—Debo volver a bordo a toda prisa —dijo Byrne.

—Vaya usted con Dios —murmuró el gnomo. Y terminó la entrevista saludando sarcásticamente con el sombrero, que volvió a colocar en el mismo peligroso ángulo que antes.

Tan pronto como la embarcación fue izada a bordo, la corbeta salió a lo largo y Byrne contó toda la historia a su capitán, que era poco mayor que él. Hubo algo de divertida indignación, pero mientras se reían se miraban con seriedad. Un enano español tratando de engañar a un oficial de la Flota de Su Majestad para que robara un mulo para él: demasiado divertido, ridículo, increíble. Tales fueron las exclamaciones del capitán. No podía superar el asombro que le producía aquel grotesco asunto.

[1] Se supone que la horca se convierte en viuda del último criminal ejecutado y espera a otro.

Sigue... claro está... ¿Entiendes a qué me refiero cuando hablo de fundir descripción con narración y a lograrlo con un arte de titiritero invisible y 'escandalosamente sorprendente'?

Complementos

GOLDMANN, Lucien. Pour une sociologie du roman - Paris: Gallimard, 1973.
GOLDMANN, Lucien. Para una sociología de la novela - Madrid: Editorial Ayuso, 1975

Luego, está 'El placer del texto', es muy importante que lo leas si te interesa el tema, y si es posible, que lo hagas después del de Goldmann.

Barthes, Roland - El placer del texto y Lección inaugural - Siglo XXI México, 1973